Hay algo profundamente humano —y bíblico— en la idea de un llamado sincero. Cuando alguien invita, espera. Cuando alguien llama, desea respuesta. Cuando Dios habla en la Escritura, lo hace con palabras como “venid”, “escoged”, “arrepentíos”.
Ahora bien: ¿qué ocurre si ese llamado está dirigido a personas que, desde la eternidad, no pueden responder?
Juan Calvino no esquiva esta cuestión. La enfrenta… y la resuelve de una manera inquietante.
En Los Institutos de la Religión Cristiana afirma:
“Aunque Dios llama a muchos por la predicación del Evangelio, sin embargo no concede a todos el espíritu de regeneración.”
Libro III, Capítulo XXIV, Párrafo 8
Hasta aquí, un lector desprevenido podría pensar que se trata de una afirmación moderada. Pero Calvino va más lejos. Ese llamado externo, dice, no tiene la misma intención para todos.
“La voz de Dios suena igualmente a todos, pero no tiene el mismo efecto en todos, porque el Espíritu no obra en todos.”
Libro III, Capítulo XXIV, Párrafo 8
El problema no es el efecto. El problema es la intención.
Porque en el sistema calvinista clásico, Dios no solo sabe que muchos no responderán. Dios quiere que no respondan, ya que fueron decretados para reprobación. El llamado no es una oportunidad real. Es un acto que cumple otra función.
Calvino lo dice sin rodeos:
“El Evangelio es predicado a los réprobos para que se tornen más inexcusables.”
Libro III, Capítulo XXIV, Párrafo 13
El Evangelio, entonces, no es buena noticia para todos.
Para algunos, es evidencia acumulativa de culpa.
No se predica para salvarlos.
Se predica para condenarlos con mayor fundamento.
Aquí el anuncio de gracia se transforma en instrumento judicial. La Palabra que, según el Nuevo Testamento, fue dada “para que tengan vida”, se convierte en un mecanismo destinado a cerrar toda excusa.
La pregunta es inevitable:
¿Puede llamarse “llamado” a una invitación que nunca tuvo la intención de ser aceptada?
En la Escritura, cuando Dios llama, lo hace “de todo corazón”. Cuando Jesús llora sobre Jerusalén, no lo hace como actor de un guion cerrado. Llora porque ellos no quisieron, no porque no pudieron.
En Calvino, en cambio, el “no quisieron” es reemplazado por un “no podían”. Y ese no poder no es consecuencia del pecado personal, sino de un decreto previo.
El resultado es un Evangelio con doble lenguaje:
-
Uno externo, audible, universal
-
Otro interno, eficaz, reservado
Pero solo el segundo es verdadero en sentido salvífico. El primero es funcional, instrumental, judicial.
Esta concepción rompe algo esencial del carácter de Dios tal como lo presenta la Biblia. Dios deja de ser veraz en su trato con todos y pasa a ser selectivamente sincero.
No es casual que esta lógica recuerde al esoterismo gnóstico, donde existen mensajes para la multitud y conocimiento efectivo solo para los “iluminados”. La predicación universal queda reducida a teatro cósmico.
Este punto ha sido señalado con fuerza por Ken Wilson, quien muestra que aquí no estamos ante una exégesis bíblica forzada, sino ante una estructura filosófica previa que exige un llamado no sincero para sostener el decreto eterno.
La pregunta que queda abierta es devastadora:
¿Puede el Dios que jura “no querer la muerte del impío” predicar un Evangelio destinado, en muchos casos, a endurecer y no a salvar?