Olor a muerte

La condenación como decreto eterno en Juan Calvino**

Hay doctrinas que, aun antes de ser analizadas, producen un efecto. No por su profundidad, sino por su aroma. Algunas huelen a esperanza. Otras, a advertencia. Y otras —como esta— desprenden un olor a muerte.

Juan Calvino no llegó a esta doctrina de manera accidental. La formuló con precisión, la defendió con lógica implacable y la sostuvo aun cuando él mismo reconocía que resultaba “terrible” al oído humano.

En Los Institutos de la Religión Cristiana, Calvino escribe:

“Llamamos predestinación al eterno decreto de Dios, por el cual determinó consigo mismo lo que quería hacer de cada hombre. Porque no todos son creados en igual condición: sino que a unos se les ordena a la vida eterna, y a otros a eterna condenación.”

Libro III, Capítulo XXI, Párrafo 5

La frase no admite atenuantes. No se trata aquí de presciencia, ni de respuesta divina a la fe, ni de una elección corporativa en Cristo. Calvino afirma que antes de cualquier acto humano, Dios decide dos destinos opuestos, igualmente definitivos, igualmente eternos.

Vida… o condenación.
No por lo que el hombre hará.
Sino porque así fue decretado.

El problema no es solo pastoral. Es teológico, bíblico y moral.

Calvino insiste en que este decreto no se basa en previsión alguna:

“Cuando se pregunta por qué Dios hace esto, no queda sino responder: porque quiso.”

Libro III, Capítulo XXIII, Párrafo 1

Aquí la soteriología deja de dialogar con la Escritura y comienza a girar sobre sí misma, como un sistema cerrado. La voluntad divina no es presentada como sabia, ni justa en el sentido bíblico del término, sino como absolutamente arbitraria, desligada de todo criterio revelado.

El resultado es inquietante:
Dios no condena porque el hombre rechaza la luz.
El hombre rechaza la luz porque fue creado para condenarse.

La Escritura, sin embargo, describe otra secuencia. Jesús llora sobre Jerusalén. Pablo habla de una voluntad salvífica universal. Pedro afirma que Dios no quiere que ninguno perezca. Ninguno de esos textos encaja cómodamente en este esquema.

Calvino lo sabe. Y aun así avanza.

En un pasaje aún más crudo, afirma que los no elegidos, al escuchar el Evangelio, reciben no vida sino muerte:

“A los réprobos, el Evangelio no es sino olor de muerte para muerte.”

Libro III, Capítulo XXIV, Párrafo 13

El Evangelio —las buenas nuevas— convertido en instrumento activo de condenación.
No porque sea rechazado libremente, sino porque fue enviado a cumplir esa función.

Aquí la teología cruza una línea peligrosa. Dios deja de ser el Salvador que llama, persuade y espera, para convertirse en el autor de un drama donde algunos nacen únicamente para fracasar.

No es extraño que esta lógica recuerde más al determinismo fatalista de ciertos sistemas gnósticos y maniqueos que a la narrativa bíblica de alianza, llamado y respuesta. Esta no es una acusación ligera, sino una observación histórica desarrollada con rigor académico por Ken Wilson, quien ha demostrado cómo esta concepción del decreto absoluto se filtra en la teología cristiana a través de Agustín de Hipona, luego de su etapa antimaniquea, pero conservando categorías estructurales del fatalismo previo.

La pregunta que queda flotando no es menor:

¿Puede el Dios revelado en Jesucristo —el que busca al perdido, el que llama al arrepentimiento, el que muere por sus enemigos— ser coherente con un sistema donde millones son creados sin posibilidad real de salvación?

Calvino responde que sí.
La Escritura, leída sin anteojeras filosóficas, responde otra cosa.

Este no es el final del análisis. Es apenas la primera puerta abierta.