¿Autor del mal?

El callejón sin salida del decreto absoluto

Hay una pregunta que Juan Calvino intenta evitar… y que, sin embargo, vuelve una y otra vez como un eco imposible de silenciar. No es una pregunta menor. Es la pregunta límite.

Si Dios decreta todo lo que acontece,
si la caída ocurre según su designio,
si algunos son creados para condenación,
si otros reciben una gracia negada al resto,

entonces surge inevitablemente esto:

¿qué relación tiene Dios con el mal?

Calvino sabe que la acusación es grave. Por eso la anticipa y responde con energía:

“Dios no es autor del pecado, aunque por su voluntad haya sido ordenado.”

Libro I, Capítulo XVIII, Párrafo 1

La frase intenta trazar una línea. Pero la línea es frágil.

Porque si algo es ordenado por la voluntad divina, no puede ser completamente ajeno a ella. No se trata de autoría directa en el sentido vulgar, sino de causalidad última. El mal no ocurre a pesar del decreto, sino en virtud del decreto.

Calvino insiste:

“Nada se hace sino por la voluntad secreta de Dios.”

Libro I, Capítulo XVIII, Párrafo 3

Nada.
Ni siquiera aquello que Dios aborrece.

Aquí el sistema entra en tensión máxima. Calvino quiere sostener simultáneamente dos afirmaciones:

  1. Dios decreta absolutamente todo

  2. Dios no tiene responsabilidad alguna por el mal

Pero ambas no pueden mantenerse juntas sin redefinir una de ellas hasta vaciarla.

La Escritura presenta otra lógica. Dios permite el mal sin necesitarlo. Lo tolera sin decretarlo. Lo vence sin haberlo diseñado. El enemigo es enemigo, no colaborador involuntario.

En el sistema calvinista, en cambio, el mal es funcional. No deseado como fin, pero sí necesario como medio. Sin caída no hay elección. Sin réprobos no hay contraste. Sin condenados no hay justicia exhibida.

El mal se vuelve parte del mecanismo.

Calvino lo admite indirectamente cuando afirma:

“Dios usa a los impíos como instrumentos para ejecutar sus juicios.”

Libro I, Capítulo XVIII, Párrafo 2

Instrumentos.
No agentes libres en sentido pleno.
Herramientas de un designio previo.

El problema no es que Dios pueda sacar bien del mal. La Biblia lo afirma.
El problema es que aquí el mal no es algo que Dios supera, sino algo que Dios necesita para que su decreto tenga sentido.

Esta es la diferencia crucial.

Cuando el mal es necesario, deja de ser intruso.
Cuando deja de ser intruso, Dios deja de ser simplemente vencedor sobre él.
Pasa a ser su arquitecto indirecto.

No sorprende que este punto haya sido uno de los más críticos en el análisis histórico-teológico de Ken Wilson, quien muestra que aquí el pensamiento cristiano occidental se aleja decisivamente del consenso patrístico anterior y se acerca peligrosamente a esquemas deterministas donde el mal cumple una función ontológica.

Calvino intenta cerrar el debate apelando al misterio:

“No corresponde a nosotros investigar lo que Dios ha querido ocultar.”

Libro III, Capítulo XXIII, Párrafo 4

Pero el misterio, en la Escritura, nunca se usa para justificar contradicciones morales. Se usa para revelar gracia, no para blindar sistemas.

Aquí el misterio funciona como cortina.

Y entonces la pregunta vuelve, más clara que nunca:

¿Puede el Dios que es luz, y en quien no hay tinieblas, necesitar la tiniebla para realizar su plan eterno?